Los grandes avances en inteligencia artificial han llevado a un boom inversor sin precedentes, con empresas tecnológicas planeando destinar 400.000 millones de dólares en 2023 y un gasto global proyectado de 7 billones hasta 2030. Sin embargo, la euforia actual podría resultar en desilusión si no se logran mejoras sostenibles en productividad.
El auge de la inteligencia artificial está transformando el panorama económico, con las grandes compañías tecnológicas, conocidas como las Magnificent 7, liderando un ciclo de inversión que podría ser uno de los más significativos de la historia moderna. Este año, se estima que estas empresas destinarán cerca de 400.000 millones de dólares a la construcción de infraestructuras para entrenar modelos de IA, lo que ha llevado a proyecciones de un gasto acumulado de hasta 7 billones de dólares para 2030. Este fenómeno ya ha tenido repercusiones en la economía, contribuyendo a más de un tercio del crecimiento del PIB real en Estados Unidos durante el segundo trimestre de 2025, y se espera que supere el 50% en la segunda mitad del año.
A pesar de la promesa de la IA, la historia muestra que no todas las revoluciones tecnológicas garantizan retornos para los inversores. Actualmente, el entusiasmo por la IA ha elevado las valoraciones bursátiles, con el PER ajustado del S&P 500 más de dos desviaciones estándar por encima de su media histórica. Este momento se asemeja a las burbujas tecnológicas de 1900, 1920 y 2000, aunque a diferencia de esas épocas, las empresas actuales generan beneficios reales. Sin embargo, se observan signos de euforia, como el uso de deuda para financiar gastos en IA y transacciones cruzadas entre empresas como Nvidia, OpenAI y AMD.
A pesar del gran interés por la IA, la adopción empresarial a gran escala y la creación de valor tangible siguen siendo limitadas. Se prevé que podría haber una fase de desilusión antes de que se materialicen mejoras significativas en productividad. El rally en los mercados desde abril ha beneficiado no solo a las tecnológicas, sino también a sectores industriales, financieros y de materiales, aunque el factor calidad ha sufrido en comparación con la burbuja del 99.
La construcción de carteras en este contexto requiere una clara distinción entre crecimiento prometedor y crecimiento rentable. La IA ofrece oportunidades en semiconductores y suministro energético, pero la visibilidad sobre los retornos sigue siendo incierta. Los inversores deben recordar la importancia de diversificar para capturar rendimientos sostenibles y equilibrar el riesgo. La IA, sin duda, marcará la próxima década, pero el desafío será identificar la innovación que realmente crea valor frente a la que solo promete crecimiento efímero.
¿QUIÉN DIJO QUE LA DIVERSIFICACIÓN NO ES UN ARTE EN TIEMPOS DE EUPHORIA TECNOLÓGICA?
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Fuente: El Economista | URL: Ver noticia original









