CHUS BLASCO / Si quieres vivir el sueño americano, ves a Dinamarca

Perversa desigualdad

De acuerdo con la presentación del Anuario Económico Comarcal 2016 del BBVA CX, “la economía catalana ha conseguido ya volver a la “casilla de salida” de la situación del 2007, previa a la crisis”. Pero independientemente del optimismo económico de determinados indicadores, como el crecimiento del PIB, no hace falta ser muy observador para darse cuenta de los sacrificios que se han hecho por el camino, y las pérdidas sociales ocasionadas durante este período. El artículo de Nuria Bosch “La pobresa a Catalunya” aporta unos cuantos datos sobre la evolución del índice AROPE (el acrónimo ingles de at risk of poverty and/or exclusion) en Catalunya. Este índice mide tres situaciones distintas: la población que vive por debajo del umbral de la pobreza, la población con privación material severa y la población que vive en familias con intensidad del trabajo muy baja. Aunque estos índices no están muy lejos de la media europea, y parece que la situación mejore, Bosch advierte que la crisis económica no solo ha aumentado la pobreza, sino que ha provocado un fuerte incremento de la desigualdad. Además, ocurre que “el poder redistributivo de los impuestos es moderado”, concretamente, el sistema impositivo español tan solo disminuye un 2,8% las disparidades de la renta bruta. Acaba Bosch afirmando: “No es tracta d’una qüestió intranscendent, ja que hi ha evidències que alts nivells de desigualtat tenen efectes negatius per al creixement de l’economia”.

Los daños ocultos de una sociedad desigual

Siempre ha habido desigualdad en el mundo, y ciertamente, de forma intuitiva sabemos que una sociedad desigual es peor que una sociedad más igualitaria. Pero es necesario que prestemos atención a lo que representa. Richard Wilkinson lo ha hecho. Es un autor de referencia en la investigación internacional sobre los determinantes sociales de la salud y los efectos sociales de la desigualdad. Asimismo, es co-autor del libro “The Spirit Level: Why Greater Equality Makes Societies Stronger”, donde expone evidencia estadística de que, entre los países desarrollados, las sociedades más iguales (con una menor brecha entre ricos y pobres), son más felices y saludables que las sociedades con mayores desigualdades en la distribución de la riqueza. Además, demuestra que el bienestar social no guarda ninguna relación con los ingresos per cápita. En una entrevista de hace unos meses, Wilkinson afirmaba que España, a principios del siglo XXI “ocupaba una posición media en el grupo de países desarrollados, como Canadá y Japón, pero la situación ha empeorado”.

En su conferencia “How economic inequality harms societies” Wilkinson muestra los peores efectos en la sociedad cuando la desigualdad económica se acentúa, tanto en problemas de salud como en la esperanza de vida, incluso en valores tan básicos como la confianza. EEUU y el Reino Unido encabezan el ranking de las sociedades menos igualitarias en los 24 países ricos analizados. Japón, y los países escandinavos están en el otro extremo, con un reparto más equitativo de la riqueza. Uno de los indicadores que ha estudiado es la movilidad social, en la medida en que pueden contestar a la pregunta “Los padres ricos tienen hijos ricos y los padres pobres tienen hijos pobres, ¿o no hay relación entre ambos?” El resultado de la investigación es que en los países con mayores desigualdades (EEUU y en Reino Unido), los ingresos de los padres son mucho más determinantes. En cambio, en los países escandinavos, los ingresos de los padres son mucho menos determinantes. Hay mayor movilidad social. A lo que Wilkinson afirma: “Si los americanos quieren vivir el sueño americano, deberían ir a Dinamarca”.

¿Hay solución?

Tal como explica hace pocos días el diario El Pais, la recuperación de algunas economías no está favoreciendo el estrechamiento de las diferencias, y de sus perversas consecuencias ya no queda institución multilateral que no la reconozca. Tal vez deberíamos dejar de mirarnos el ombligo de las consecuencias de la crisis a nivel local de país. Necesitamos tratar de entender mejor la complejidad del planeta en su globalidad, para afrontar de forma más efectiva qué es lo que ha pasado en las últimas décadas en la generación de riqueza y en cómo se ha distribuido. Hay que aceptar que estamos en un nuevo escenario, y que ha dejado de tener sentido seguir midiendo cuánto falta para que determinados indicadores económicos alcancen de nuevo los que teníamos en el 2007. En cambio, deberíamos aprender de lo que ha pasado con el bienestar de los países desarrollados que tienen desigualdades más profundas y, sobre todo, qué puede hacerse para evitarlo. Estamos tan focalizados en los indicadores económicos habituales que somos incapaces de ver que el crecimiento que aumenta las desigualdades es una de las amenazas mayores para el desarrollo y el bienestar de cualquier sociedad. Sin duda, la sostenibilidad necesita mayor igualdad y una mayor concienciación del problema es fundamental. En palabras de Wilkinson: “podemos mejorar la calidad de vida de la sociedad disminuyendo las diferencias entre nuestros ingresos. El reto es apasionante.”

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