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Fuga al Metaverso / Refelexiones de Mario Garcés

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Si comprimiéramos la historia de la humanidad en un solo año de existencia, los últimos cinco segundos condensarían la mayor transformación civilizatoria jamás producida. Del amor compungido al poliamor digital, de la homosexualidad reprimida a la hiperactividad desatada, de la siesta al sexting, de la fotografía velada a la imagen filtrada. Narciso desencadenado.
Y si no fuera poco todo esto, llegó el metaverso, que no es una categoría métrica de la retórica cruzada entre Quevedo y Góngora, ni un grupo de rap urbano, sino un mundo virtual donde la realidad se moldea en función de lo que cada uno quiera ser. En el metaverso, la ley física de la realidad no existe sino que hay una especie de fantasía constitutiva en la que ansiamos configurar nuestra felicidad. La realidad alterada artificial y voluntariamente donde cada cual aspira a tener un avatar y a ser dueño de un destino que la vida le ha negado. Es el pensamiento positivo frente a la aciaga ruleta del infortunio en la que más de uno habita. Es magia, es el nuevo elixir del bienestar porque por fin podemos construir nuestro destino.
Esto debe ser el pensamiento positivo, una suerte de supermercado donde se elige el yo sustituto, frente a cenizos y pesimistas que seguirán habitando en el mundo sufriente de los hijos bíblicos de Dios en la Tierra. Porque, de un modo u otro, el metaverso es una forma genuina de suplantar a Dios para construir un bucle de recreación propia continua.

La llave de entrada al metaverso es la llave que da acceso al Nirvana, donde la esencia y la experiencia se configuran al antojo de cada persona. Se podrá bailar con Chanel, jugar al fútbol con un Maradona revivido, comprar tu ciudad a precio de saldo o convocar asambleas en un ágora digital pública. Cambiamos un presente adocenado y previsible por un futuro amable y a demanda de nuestras expectativas. 

Cuando Adán y Eva fueron expulsados del edén, por un pecado de juventud, no sabían que sus descendientes, muchos siglos después con permiso de Darwin, regresarían con un dispositivo en la mano para recuperar el espacio y el tiempo perdidos. La nueva tierra prometida donde hemos destruido el mito natural de la Creación. Y hacia allí andamos. Pues bien, detengan la fila que me apeo.

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