CHUS BLASCO / Sin justicia social no habrá economía

El problema no es cómo producir más

Muchas personas se han quedado atrás en el desarrollo económico y las razones no están exentas de complejidad. Durante las últimas tres décadas se han ido cultivando los efectos de la automatización y la globalización produciendo un mundo con un exceso de mano de obra y muy poco trabajo. Diane Coyle, profesora de Economía de la Universidad de Manchester, escribía en los primeros días del año un artículo sobre la globalización que me llamó especialmente la atención por el pie de foto con el que estaba ilustrado: “The most fundamental lesson is that to address a problem, you first need to notice it”. Sin un diagnóstico adecuado, no podemos resolver ningún problema. Y no podemos diagnosticarlo si no lo vemos. Dice Coyle que las estadísticas podían haberlo advertido, pero que nadie estaba mirando. El artículo está ilustrado con una gráfica que muestra el porcentaje de desempleo de los jóvenes de la Unión Europea, donde España encabeza el ranking alcanzando un 49,9% de paro juvenil!!

En un momento en el que las instituciones políticas parecen más inestables que nunca, no es posible seguir creyendo que con las políticas utilizadas hasta ahora va a revertirse el problema. Coyle defiende la necesidad de utilizar políticas que estén más cerca de las personas. Tres son los aspectos fundamentales que destaca: infraestructuras, educación y poder delegado.

Infraestructuras. Las grandes ciudades son las mejores incubadoras de la actividad económica, puesto que la mayor diversidad permite mayor posibilidad de expandir el conocimiento y las oportunidades. La política puede (y debe) estrechar la natural desventaja con las ciudades pequeñas mediante la mejora de las infraestructuras que las conectan. Sólo mediante inversión pública pueden reducirse las desigualdades evidentes de oportunidades, que no parece que vayan a dejar de seguir aumentando. Sin voluntad política, las restricciones presupuestarias son una excusa permanente que, por cierto, no han evitado unos derroches financieros socialmente inadmisibles.

Educación. Está claro que las sociedades más avanzadas, han basado su desarrollo económico en la mejora de la educación. La necesaria renovación de los métodos más mecanicistas es una exigencia del nuevo paradigma de la economía del conocimiento. Pero de nuevo, sin voluntad política no habrá inversión pública suficiente, y sin ésta, cada vez más gente se está quedando sin oportunidades.

Poder delegado. Argumenta Doyle que cada región es distinta en términos del empleo que puede crear, la clase de educación que necesita, por lo que la consecuencia necesaria es dar mayor poder a nivel de gestión local/regional. “Si la política educativa se diseña por un burócrata en una ciudad distante, no puede esperarse razonablemente que esté equipando a los estudiantes de forma razonable para la economía local”.

El problema no es tanto sobre recursos sino sobre voluntad política. Lo cierto es que crear oportunidades para las regiones que se han dejado atrás requieren de inversión. Y esta inversión tiene que ser necesariamente pública, porque el capital público es la única clase de capital que las personas que se han quedado atrás pueden acceder. Pero parece que nuestras instituciones políticas son claramente extractivas. Su voluntad no es tanto incentivar el desarrollo económico y el bienestar de las personas, como mantenerse en el poder. Es uno de los peligros más graves que acecha a la riqueza y el desarrollo conseguido a lo largo de décadas.

 

Las tres grandes enfermedades

Emmanuele Faber, CEO de Danone, pronunció una conferencia a los graduados de la escuela francesa HEC que se hizo viral en las redes hace unos meses, y que os recomiendo escuchar. En su discurso, les decía que sin justicia social no habrá economía.Nosotros, los ricos, los privilegiados, podemos levantar muros cada vez más altos, como Arabia Saudí en la frontera con Yemen, Estados Unidos con México, como se está haciendo también alrededor de Europa, pero nada detendrá a quienes tienen necesidad de compartir lo nuestro.” Faber interpeló a los recién graduados a que se plantearan como iban a ejercer su liderazgo, y les advertía de las tres grandes enfermedades que iban a llegarles como consecuencia de su posición: la gloria, el dinero y el poder. En su reflexión sobre el poder, Faber les cuenta que tan sólo hace falta que miren a su alrededor, donde verán mucha gente que tiene poder y que se dedican a tratar de conservar ese poder, de tenerlo un día más. “El poder sólo tiene sentido si vuestro liderazgo es un liderazgo de servicio a los demás, y si encontráis la forma de que sirva a ese propósito”.

 

Lo que la sociedad quiere y lo que el sistema permite

Volviendo a la economía, el problema no es como producir más. El problema es como redistribuirlo: necesitamos mayor justicia social. Cada vez más personas piensan que el mundo de la política y de la economía les está fallando. Necesitamos repensar de nuevo el equilibrio entre la inversión pública necesaria para cada territorio con el apoyo de la iniciativa privada para conseguir la mejora y el bienestar de la sociedad. La enfermedad del poder ha distorsionado nuestro diagnóstico sobre el problema. Las personas queremos tener control sobre nuestra economía, además de participar de un sentimiento de contribución a nuestra familia y a nuestra comunidad. Si la redistribución no se gestiona de forma justa (que no quiere decir de forma igualitaria), el incentivo para que las personas con espíritu emprendedor y más ambiciosas trabajen y arriesguen más para mejorar la economía se habrá perdido. Tal como dice Coyle: “si parte de la socavada democracia es que las personas se desconectan del poder, parte de la respuesta debe ser buscar fórmulas para buscar devolver el poder a las personas”.

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