CHUS BLASCO / Pensiones, sostenibilidad y buenas intenciones

El actual estado del bienestar es insostenible

La noticia no es nueva, pero un titular de hace unas semanas me llevó a reflexionar sobre el tema con algo más de profundidad. El título de la noticia en El Economista decía así: “el gasto en pensiones ha aumentado un 50% en 10 años”, el triple de lo que aumenta el número de pensionistas. El sistema de la Seguridad Social sostiene a más pensionistas que nunca. Por poco conscientes que seamos de cómo ha aumentado la esperanza de vida en las últimas décadas, es normal esperar un incremento del gasto considerable. Pero lo más sorprendente es que mientras que el gasto en pensiones ha aumentado un 50%, el aumento en el número de pensionistas en estos diez años ha pasado de 8,3 a 9,58 millones, lo que ha supuesto un aumento de tan sólo un 14,9%. Por lo tanto, en la última década los nuevos jubilados que han entrado al sistema perciben una pensión mucho más alta que aumenta la velocidad del desfase entre ingresos y gastos. Y es que la realidad de los ingresos, es decir, las cotizaciones sociales de los trabajadores en activo han permanecido prácticamente estancadas. Han crecido siete veces menos de lo que lo ha hecho el gasto en pensiones. Me pregunto hasta qué punto estamos profundizando lo suficiente sobre las alternativas que tenemos como sociedad para replantear un sistema público de pensiones que no es sostenible.

 

Un diagnóstico que no es una novedad

Hace 30 años, cuando estaba estudiando Administración y Dirección de Empresas, nos explicaron en clase de fiscalidad que los de nuestra generación, los jóvenes que estábamos en aquel momento en clase preparándonos para afrontar nuestro futuro, no íbamos a cobrar cuando nos jubilásemos del sistema público de pensiones. Más que un argumento teórico de clase de economía, era una advertencia personal de un profesor. Nos aconsejaba que fuéramos pensando en cómo compensaríamos esta falta de ingresos que íbamos a sufrir al jubilarnos mientras durara nuestra vida laboral. Recuerdo que aquel día me impresionó la contundencia del comentario. No porque estuviera preocupada por mi (¿alguien con 20 años se preocupa por su pensión?), sino porque me pareció exagerada la opinión de aquel profesor. Presuponía que un problema que ya era conocido no iba a afrontarse políticamente de algún modo. Visto con perspectiva y dada la evolución de la situación político-económica actual no puedo por menos que asombrarme de mi ingenuidad, así como de mi ignorancia sobre la orientación corto placista en la que se mueve la política.

 

Cambios de paradigma sobre el trabajo

No podemos olvidar la relación entre las fuentes de ingresos del sistema público de pensiones a través de las cotizaciones, con el impacto que ha supuesto la revolución digital en las empresas y sus trabajadores. La revolución digital ha alterado por completo el mundo del trabajo en cuanto a la automatización, la globalización y el aumento de productividad de la tecnología. Ha permitido un aumento de la generación de riqueza producido por muchos menos trabajadores de los que lo hacían antes de la revolución digital. Cada día podemos leer artículos sobre lo necesario que es crear puestos de trabajo de calidad, porque es el único modo de hacer frente al creciente gasto que genera el sistema. Sigo preguntándome lo mismo: ¿Quién los va a crear? Debemos ir un poco más allá.

 

Repensar el estado del bienestar

Margarita León es profesora de ciencia política de la Universitat Autónoma de Barcelona y participó como experta en el marco de la charla “Quin es el futur de l’estat del benestar en les democràcies europees”. No pude asistir, pero tuve la suerte de poder oírla en directo a través de las redes sociales, y en los siguientes días busqué la información que se había publicado. El diari Ara titulaba el resumen de su intervención con un titular contundente: “L’actual estat del benestar és insostenible”. Con un tono pausado, León explicaba en su intervención que el sistema público de pensiones había funcionado como “colchón” para muchas familias durante la crisis, así que cabía considerarlo como un éxito del estado del bienestar. Pero al mismo tiempo alertaba de que quien había sufrido la crisis con mayor virulencia durante la crisis habían sido familias con hijos pequeños y no los pensionistas. León alerta sobre las consecuencias de unas políticas de austeridad que pueden llevar a una quiebra del sistema si no se consigue un acuerdo social de lo que debería ser el estado del bienestar, entendido como un modelo adaptado a la realidad actual, que pueda pervivir más allá de los ciclos electorales.

Necesitamos algo más que buenas intenciones para afrontar estos retos. Cuando hace 30 años mi profesor nos anunciaba que los de mi edad no íbamos a beneficiarnos del sistema público de pensiones, en aquel momento no podía tener en cuenta los efectos de la revolución digital, pero acertó en una cosa: que políticamente no se iba a atacar el problema. Los gobiernos, sean del color que sean, no parecen tener ningún plan realista para afrontar el desajuste que lleva tantos años fraguándose. El debate de las pensiones y del global del estado del bienestar no puede hacerse de forma precipitada. Hay que hacerlo desde la serenidad de lo que queremos como ciudadanos, puesto que es un problema ineludible que no van a resolverlo los políticos a menos que se sientan realmente presionados por la sociedad para hacerlo.

 

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