CHUS BLASCO /Lo que he aprendido sobre management

Trabajo, esfuerzo y realización personal

De acuerdo con un estudio filológico, etimológicamente la palabra trabajo proviene del latín tripalium, que era una especie de cepo o instrumento de tortura compuesto de tres maderos donde los reos sufrían el tormento. En cambio, la palabra en inglés work deriva de la palabra alemana werk, que parece provenir del griego clásico que definía la energía vital necesaria para realizar una actividad. Es curioso que las definiciones del verbo español trabajar destacan el esfuerzo que supone el hecho de trabajar, pero la idea de conseguir un propósito se encuentra prácticamente ausente. En cambio, la palabra work describe el concepto de actividad que alguien realiza con el fin de alcanzar un objetivo, añadiendo el componente de utilidad. La palabra trabajo en español, a diferencia del vocablo inglés work no tiene en sus raíces ningún componente que tenga que ver con realización personal. Una conclusión a la que podemos llegar, es que, para entender el trabajo de forma más positiva, hay que leer más en inglés ?.

 

El valor que aportas

Hace catorce años, después de muchos meses enferma tras una gripe que no se acababa de curar y montones de pruebas médicas, finalmente un médico me dio el diagnóstico que iba a cambiar completamente mi vida y mi perspectiva sobre el significado del trabajo. Tenía una enfermedad crónica de la que no existía cura. Lo único que podía hacer la medicina por mí era aliviar los síntomas. Lo que debía hacer yo era ir cambiando mis hábitos para adaptarme al ritmo que la enfermedad me permitiera. Algunos de los consejos que me dio el médico que más recuerdo y que más he valorado a lo largo de todos estos años es que intentara no dejar de hacer aquello que me gustaba más. Al principio pensé es que era bastante absurdo lo que me estaba diciendo. Entendía que tendría que reducir drásticamente mi ritmo de trabajo como consecuencia de la gravedad de los síntomas que tenía. Tenía dos hijos pequeños y la suerte y la desgracia de ser autónoma, así que el reto no era menor. ¿Cómo iba a encontrar tiempo para hacer aquello que me gustaba? ¡Alguna cosa no cuadraba! Poco a poco fui comprendiendo que realmente mi vida había cambiado para siempre.

Ser autónoma permitió que pudiera organizar mi tiempo, pero es un recurso limitado. No hay más que el que hay. Llegué a pensar que era imposible, que no podía más, que tenía que aceptar que no podría trabajar más. Cuanto más me esforzaba yo por hacer vida normal, más invisible era mi enfermedad. Pero si visibilizaba mi enfermedad perdía cualquier oportunidad de trabajar normalmente. Tomé muchos medicamentos para aliviar los síntomas durante muchos años. La mayoría de los días me costaba leer. Muchas veces no comprendía muy bien lo que escuchaba, y tenía reuniones en las que no era capaz de resumir las ideas que se habían tratado. Fui observando mis “ciclos de energía”, y comprendiendo de qué forma debía organizar mi vida para tener “capacidad de descanso”.

Mi experiencia en management y gestión de empresas me ayudó. Pasé muchas de mis horas “inactivas” pensando cómo hacerlo. Sabia por experiencia profesional que planificar las tareas puede ahorrar al menos una tercera parte del tiempo de ejecución. Así es que eso es lo que yo iba a hacer con mis proyectos profesionales. Iba a rediseñar el tiempo de ejecución para aportar más valor con menos tiempo. La receta consistía en “ahorrar” energía para ser extraordinariamente efectiva con la tercera parte de mi tiempo. Muchas veces con mucho menos. Se trataba de aplicar lo que había aprendido de management, enfocado ahora en entregar mayor valor para los clientes. Para hacerlo, tenía que dejar de hacer tareas para pasar a resolver problemas.

Cuando empecé a planificar mi tiempo con objetivos y prioridades, vi que el valor que ofrecía a mis clientes era clave. Me focalicé en entender qué estarían dispuestos a pagar por mi tiempo. Y al mismo tiempo y, sobre todo, qué podía entregarles yo como máximo valor con el mínimo tiempo posible. Cambié por completo el concepto que yo tenía de mis honorarios como costes para comprender que yo aportaba un valor que mejoraba los resultados de mis clientes. En realidad, cambié mis propias creencias sobre el trabajo que yo desarrollaba. La autogestión de mi tiempo me permitió “trocear” mi máxima capacidad de ocupación en partes gestionables por grandes áreas con objetivos realistas y alcanzables. Aprendí que la visión holística es lo más importante y que una persona sola es muy poco. Fue una lección de humildad muy importante y una oportunidad de crecimiento personal extraordinario. Cuatro años después del diagnóstico, co-fundé la consultora de estrategia y finanzas que dirijo desde hace 10 años. Siguiendo el consejo del médico, hacer lo que me gusta ha mejorado mi salud de forma espectacular.

 

No perder el tiempo estando ocupado

No estoy segura de que debamos preocuparnos tanto por los puestos de trabajo que van a ocupar los robots. Cualquier avance tecnológico es positivo, aunque debamos ocuparnos sin duda de los daños colaterales que producirá y que se construyan las políticas adecuadas para minimizar los efectos. Pienso que debería preocuparnos más el hecho de que el mercado laboral lleva décadas siendo espectacularmente inefectivo. No nos hemos dado cuenta de la capacidad extraordinaria del capitalismo para crear puestos de trabajos inútiles, que no resuelven ningún problema y que no aportan ningún valor a la sociedad. Cuanto más extenso es un organigrama y más compartimentada está la jerarquía de poder, más burocracia y más desperdicio acumula.

Pero podemos elegir cambiar la forma de ver el trabajo como una penitencia. Existe muchísimo talento desperdiciado, bien porque no tiene un puesto de trabajo donde poder desarrollarlo, o porque lo tiene, y carece de autonomía para crecer profesionalmente. Podemos elegir no perder el tiempo estando ocupados en trabajos que minan el talento y la capacidad de las personas. Podemos elegir incorporar a las personas que hemos dejado fuera del sistema porque no se adaptan a la rigidez que construimos para un mundo que ya no existe, pero que se resiste a desaparecer. Tan solo el 13% de los trabajadores del planeta se sienten comprometidos con sus trabajos, así que estamos lejos de tener un sistema económico y laboral orientado a las personas. Más que un cambio, necesitamos una revolución.

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