CHUS BLASCO / La revolución de la humanidad

Con lo que hay se juega

El mundo se divide hoy en países y bloques de naciones tecnológicamente líderes y naciones rezagadas, dice Xavier Ferràs en su magnífico artículo “Talento, prosperidad y crisis”. “Los primeros, invierten estratégicamente para crear riqueza en base a su talento. Los segundos, consumen tecnología de otros, regalan sus datos y se precarizan.” Ante una polarización tan clara ante el progreso, no hay duda de que nuestro país está en el bloque de países que se precarizan. El papel de los gobiernos y sus instituciones de los países líderes juega un rol fundamental. Los países rezagados, siempre encuentran excusas; una de las más habituales es la falta de recursos.

 

El papel del Estado

El jueves pasado, en el #trinxat de Reus tuvimos como ponente a Ismael Peña-López, actual Director General de Participació Ciutadana de la Generalitat. Fue una velada intensa en la que nos retó a pensar y debatir el papel del Estado. Ismael nos condujo desde el rol que han jugado las instituciones en el pasado, hasta los grandes cambios actuales provocados por la llamada cuarta revolución industrial. Nos dice que prefiere llamarlo revolución de la humanidad, porque su impacto es mucho mayor que el de la economía. Se refirió a los atentados de la estación de Atocha en Madrid en marzo del 2004 como un punto de inflexión en la sociedad. La manipulación del relato por parte del Estado marcó el momento a partir del cual los ciudadanos nos cuestionamos la credibilidad del canal oficial que emitía las noticias. Gracias a la tecnología fue posible la transformación de la forma en que nos informamos y nos comunicamos. Los nuevos canales son más directos y facilitan el empoderamiento de los ciudadanos. La cara siniestra es que el riesgo de que el Estado del futuro sea alguna de las grandes empresas tecnológicas (Google, Apple, Facebook, Amazon) es real. La evolución es rápida y apunta hacia modelos de sociedad distópicos, a menos que asumamos la responsabilidad y hagamos algo al respecto. Las instituciones, creadas en un mundo más estable, ya no tienen el monopolio de las decisiones colectivas. Surgen reflexiones inquietantes. La pregunta clave es quién tomará las decisiones.

 

No hay excusas para querer progresar

Para entender las posibilidades de la complicidad entre Estado y tecnología, Estonia es un referente. Hace pocos días se publicó un reportaje en Araemprenem sobre este pequeño país y su evolución desde su separación de Rusia en 1991. Actualmente son líderes de todos los indicadores de emprendimiento. Al principio, no tenían nada. Ni inversión privada ni pública. No tenían un plan estratégico, así que se lanzaron a Internet porque era más barato, y fueron decidiendo a medida que la tecnología iba avanzando. Estonia representa un claro ejemplo para entender que lo más importante de su éxito no ha sido la tecnología en sí misma, sino la mentalidad de la población que lo ha hecho posible. No se trata tan sólo de que en Estonia se digitalicen todos los trámites con la administración, sino sobre todo de la percepción positiva de la población sobre la transparencia que ello supone. La clave es la confianza que facilita la cooperación entre el sector público y el privado: las empresas trabajan con agilidad con el gobierno y comparten proyectos. Estonia es un referente de la era de la información y la comunicación. La falta de recursos no fue una excusa. Pusieron el talento que tenían para innovar al servicio de una visión ambiciosa de país.

 

Transformación institucional y revolución humana

El contexto ha cambiado de forma radical, así que hay que cambiar la pregunta. ¿Qué Administración Pública queremos como ciudadanos para afrontar el futuro? Si queremos que esté al servicio de las necesidades reales de la sociedad, hay que admitir que éstas han cambiado y que el sistema actual no las resuelve. Es necesaria una transformación.

La estructura jerárquica actual de la Administración Pública está organizada sin tener en cuenta las necesidades reales de los destinatarios de dichas decisiones, que somos los ciudadanos. Necesitamos instituciones empáticas que escuchen. ¡Hay que salir de las paredes físicas de los edificios! Una vez comprendidas las necesidades reales, la transformación se producirá si la organización de los recursos y las capacidades se van alineando de forma que actúen como red facilitadora entre las necesidades de los ciudadanos, y aquellas personas, entidades o empresas capaces de resolverlos, prevenirlos o minimizarlos.

Si elevamos la mirada, y en lugar de enfocar los cambios como una revolución industrial (y ceñirlos al ámbito económico), veremos que sí estamos ante una revolución humana. Las personas entendemos fácilmente que cuando no hay más recursos, “con lo que hay se juega”. A Estonia no le quedó otro remedio que inventarse desde la nada. Especialmente cuando no hay recursos, hay que empezar con la visión. Deberíamos entenderlo del mismo modo y exigir unas instituciones con visión transformadora.

 

La mente que se abre a una nueva idea, jamás volverá a su estado original”. Albert Einstein