CHUS BLASCO / ¿Estudiar es una buena inversión?

Entre la trampa y la oportunidad

Las deudas de los estudiantes universitarios en EEUU superan los 1,5 billones de dólares. Cuesta asimilar una cifra tan elevada. En número de personas afectadas, representa que más de 44 millones de estadounidenses arrastran algún tipo de deuda desde los estudios. La verdad es que me escandaliza el volumen de deuda que acumulan los estudiantes universitarios americanos. ¿Qué ha pasado realmente para llevar a una situación tan dramática a tanta gente?

 

La oportunidad

En la economía del conocimiento, podemos considerar que ir a la Universidad son los cimientos, la base con el que empezar a construir una carrera profesional. Es una oportunidad para tener más opciones. Prepararse para un futuro cuando nadie sabe cuáles serán las profesiones más demandadas en las próximas décadas supone prepararse para aprender constantemente. El primer paso puede ser (o no) la Universidad. Con máster o sin máster. Es importante reconocer que el reto de aprender constantemente no se acaba ahí, tan solo comienza. La mayoría de las personas no son conscientes de la necesidad de formarse constantemente.

Si partimos de la base de que cursar estudios universitarios es una decisión inteligente desde el punto de vista económico, es porque lo consideramos una inversión. Evaluando la inversión desde el punto de vista económico, tendremos que considerar los flujos de ingresos que se obtendrán. Si el desembolso inicial genera suficientes ingresos diferenciales para cubrir sobradamente la inversión inicial y generar un excedente, podemos decir es una buena inversión. La esperanza en el futuro de miles de jóvenes que empiezan cada año sus estudios en la Universidad no entiende de números ni de cálculos de rendimiento de la inversión: tienen una oportunidad de perseguir un sueño en el que proyectan sus ilusiones.

 

La trampa

El sueño puede convertirse en una realidad si pueden disponer de un préstamo hasta que consigan empleo, y éste les permitirá devolver la deuda. Les explican una historia con final feliz, y ellos la compran. La trampa empieza con creer que estudiar en la Universidad sea garantía de conseguir después un empleo bien remunerado. Para miles de estudiantes americanos, la Universidad se convierte en asequible al poder acceder a los préstamos universitarios. Estos préstamos, en principio, contemplan un plazo de devolución en un tiempo suficientemente amplio para que puedan devolverse las cuotas y los intereses. Esto supone no sólo el plazo en el que la persona titulada pueda convertir su formación en ingresos suficientes para vivir de ello, sino suficientes para vivir de ello y devolver el préstamo. Como en cualquier inversión que va a obtener rendimientos económicos en el futuro, la financiación debe ser adecuada al ritmo de los flujos de ingresos que se van a generar. Pero la ecuación falla cuando los ingresos que obtienen por los trabajos que consiguen no les permiten afrontar las cuotas de los préstamos y quedan atrapados en un bucle sin esperanza.

 

Construir el futuro

Lo escandaloso del volumen de deuda acumulado es que es la consecuencia de la utilización de la ilusión de miles de jóvenes estudiantes con esperanza de construir su futuro. No se plantean si la inversión inicial es razonable. Se endeudan porque están convencidos de que, una vez graduados, conseguirán trabajos que les permitirán cancelarán dicha deuda y perseguir una carrera profesional. Pero la realidad de los salarios es la que es. El 20% de los trabajadores en EEUU necesitan un segundo empleo para sostenerse económicamente. Con escasa o nula experiencia, los graduados americanos acaban percibiendo salarios que no les permiten devolver el préstamo en los plazos acordados, y el sueño se convierte en pesadilla.

Hasta hace no demasiado tiempo, un título universitario garantizaba, o al menos posibilitaba, buenas opciones de trayectoria laboral. Tanto en EEUU como en nuestro país. Esta expectativa de trabajo gracias a la titulación universitaria sigue formando parte del imaginario colectivo. Sin embargo, la realidad de la precariedad del empleo juvenil, y no tan juvenil es el escenario actual. Acceder a la Universidad es, sin duda, una oportunidad de desarrollo profesional y personal, aunque la estabilidad laboral deje de estar garantizada por dicha formación. Lo que debería ponerse en valor no es lo que se aprende en un grado universitario determinado, sino en qué se puede convertir después lo que se ha aprendido en los trabajos a los que se pueda acceder a lo largo de la carrera laboral.

La falta de expectativas destruye los sueños. Desde la precariedad, no puede construirse el futuro. Los préstamos universitarios, en lugar de ser una palanca de crecimiento y desarrollo, se convierten en una condena. Pero descartando la inversión en formación, el futuro todavía pinta más negro. Aquellos que sólo puedan empezarlo con deuda, están asumiendo un riesgo demasiado alto. La verdadera trampa es dejar tanto talento sin oportunidades de construir su futuro. Los que no empiecen el ciclo de largo plazo de aprender a aprender, quedaran fácilmente fuera de la rueda de la economía del conocimiento.

 

 


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