CHUS BLASCO / ¿Es real la posibilidad de una nueva crisis?

El crecimiento ya no es suficiente

En numerosas ocasiones, las valoraciones de los indicadores económicos suelen tener un color político, una intencionalidad en el mensaje. Para entender los cambios económicos realmente significativos en lo que nos afectan como ciudadanos, es necesario evaluar periodos de tiempo prolongados. Necesitamos un relato. Sin el esfuerzo de conectar los hechos con las consecuencias de forma reflexiva, los múltiples efectos de una realidad compleja son difíciles de analizar en la inmediatez con que devoramos las noticias de actualidad. Es por este motivo que esta semana os comento una entrevista de profundidad que el diario digital Vilaweb publicó el pasado mes de agosto al catedrático de Ciencias Económicas Joan Tugores, donde comenta las posibilidades reales de que suframos una nueva crisis. La reflexión es más que oportuna, ahora que se cumplen diez años de la peor crisis financiera global que podemos recordar.

En la entrevista, Tugores pone en perspectiva las razones que provocaron el inicio de la crisis financiera global. Nos descubre que no son nuevas: “el exceso de crédito de unos y de sobreendeudamiento de otros”. Aunque lo sabemos, la codicia y la voluntad de generar más dinero a corto plazo a partir del dinero mismo hace que las advertencias de unos pocos, nadie las quiera oír. El exceso de financiación posee un aspecto tóxico, que perjudica la productividad y que agravan los problemas sociales que ya existen pero que no se ven por el “efecto anestesia” del exceso de crédito. Por supuesto, una vez que la burbuja ha estallado, los que pagan las consecuencias y los platos rotos no son aquellos que la han provocado.

 

Conexión entre crecimiento y progreso

La situación económica actual, aunque con algunos de los indicadores macroeconómicos en valores similares a los años anteriores a la crisis, ha dejado una situación muy distinta en términos de equidad y de bienestar social. El crecimiento del PIB no está evitando la precarización de una buena parte de los puestos de trabajo. Sin ir más lejos, la última semana se publicó la noticia de que el 65% de los trabajadores de la ciudad de Barcelona menores de 30 años son como máximo mileuristas. Al mismo tiempo, los alquileres en la ciudad son prácticamente un 20% más caros que en los meses previos a la explosión de la crisis. Concretamente, alquilar un piso en Barcelona cuesta de media 800€/mes, que naturalmente son inaccesibles para una buena parte de los ciudadanos que no cobran un sueldo suficiente para cubrirlo, y que se ven expulsados de la ciudad. Lo que me parece más grave es que para un número de personas cada vez mayor, a pesar del crecimiento económico, carecen de expectativa de progreso.

A pesar de ser una confusión habitual, la fuente de crecimiento en la economía del conocimiento no es el aumento de la financiación. Disponer de más financiación no mejora la economía, sino que posibilita las opciones de mejorarla. Lo que mejora la economía es la generación de valor a partir de la creación de un sistema de organización de recursos que sean capaces de construir riqueza. En el siglo XXI, la economía productiva requiere de talento, paciencia, perseverancia, así como de inversiones continuadas de resultado a menudo incierto. El mercado global es cada vez más competitivo y complejo, donde la única receta para la sostenibilidad es diferenciarse. El modelo productivo necesario para crear valor en la economía del conocimiento no es posible sino aplicando dedicación y persistencia de forma sistemática de mucha gente anónima en empresas pequeñas y medianas que luchan a diario, algunas veces con éxito, y la mayoría de ellas en una lucha feroz para no desaparecer. Una de las consecuencias es que las posibilidades laborales se reparten de forma muy desigual entre la población, y la conexión entre crecimiento y progreso ha dejado de ser la que era. Para una minoría de trabajadores cualificados, se abren oportunidades de crecimiento profesional extraordinario. Para una mayoría creciente de trabajadores, una nueva precariedad les deja sin expectativas de progreso.

 

Debemos estar atentos

Me molesta enormemente el análisis simplista del gobierno y de las instituciones públicas que, de forma paternalista, envían mensajes de confianza en el crecimiento de la economía, y de tener controladas las acciones necesarias para que no exista precariedad, para mantener el estado del bienestar. Me molesta, sencillamente porque no pueden. Me molesta porque no reconocen que la economía es un sistema complejo en el que la intervención del Estado en su función de administrador del estado del bienestar en un modelo productivo sostenido en pies de barro ha fracasado estrepitosamente.

Sin duda los mercados financieros generan mucho dinero para unos cuantos, pero a nivel global hace ya varias décadas que le han dado la espalda a la economía productiva. Tugores afirma que “la sociedad ha constatado que la combinación de codicia de algunos con las ganas de riesgo y unas regulaciones y supervisiones de baja cualidad crean un coctel peligroso y socialmente inaceptable”. Pero lo que es especialmente indignante es que los intentos de las instituciones por establecer mecanismos de control que impidan que vuelva a pasar, han sido más bien “descafeinados”. “La salida de la crisis ha sido dirigida por los mismos que la originaron”. Siguiendo la recomendación de Tugores, como ciudadanos debemos estar atentos. La voracidad de la codicia del ser humano es infinita, y lamentablemente no tenemos ningún indicio de que una crisis como la que hemos sufrido no vaya a volver a pasar.

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