CHUS BLASCO / Errores que suman

Aprendiendo a experimentar

Uno de los exámenes que mi hijo mayor ha tenido en la última semana ha sido tipo test. Como es habitual en este tipo de exámenes, las respuestas equivocadas restan. Su estrategia para contestar fue no arriesgar, así es que dejó algunas preguntas en blanco. Me contaba que tenía una sensación desagradable porque el examen que finalmente entregó no representaba los conocimientos que había adquirido de aquella asignatura. Me vino a la memoria que siempre saqué mis peores notas en este tipo de exámenes, y me entristece que siga utilizándose habitualmente para evaluar a los alumnos. El economista Trias de Bes lideró una iniciativa curiosa sobre la conveniencia de que las respuestas erróneas dejaran de restar en los exámenes tipo test con el nombre de “Restar no suma”, a cambio de elevar la nota del aprobado. Su motivación surgió a raíz de un foro sobre creatividad y su propuesta estaba en la línea de erradicar una práctica del sistema educativo que necesita más jóvenes con espíritu emprendedor. Sin duda, una de las competencias básicas imprescindibles para tener éxito en la vida profesional es aprender a aceptar el error y gestionarlo, en lugar de tratar de evitarlo. Es posible que desde el punto de vista docente existan argumentos válidos para preparar los test de conocimientos de este modo, pero no deja de ser un contrasentido que no está alineado para afrontar la vida profesional y empresarial actual.

 

El perfeccionismo no innova

La transformación digital está cambiando el paradigma en muchos aspectos. Tal vez uno de los más significativos sea que debemos aceptar que para movernos y progresar en un entorno volátil y poco predecible tenemos que equivocarnos. La riqueza de la sociedad del conocimiento debe surgir de la innovación, que empieza con la imaginación, no con el perfeccionismo. Los conocimientos no sirven si no los ponemos en acción resolviendo problemas. Pero en la gestión de las empresas, mediante la creación de sistemas de planificación, normas, procedimientos y protocolos, se acaba creando una ilusión de control que tiene muy poco que ver con la realidad. La necesidad de control es evidente, pero ¿no deberíamos ser mejores en experimentar que en eludir el riesgo? Deberíamos reconocer que, sobre el futuro, ¡no tenemos las respuestas correctas! Tal como mencionábamos en Confiar es una decisión, uno de los cambios de forma de pensar que exigen los nuevos retos es la transición de pasar de planificar a experimentar.

Julian Birkinshaw y Martine Haas, en el artículo publicado en la Harvard Business Review Increase your return on failure facilitan datos y aportan reflexiones muy interesantes sobre la aversión al riesgo de las empresas y sobre el miedo a cometer errores. Han descubierto, mediante una investigación que ha durado más de 10 años en más de 50 organizaciones, que cuando las personas adoptan la actitud mental adecuada (mindset), pueden capitalizar con éxito el valor de determinados errores. Se trata de concebir el error como parte fundamental de la experimentación con el mercado. Birkinshaw y Haas proponen tres pasos para conseguirlo con éxito.

 

Capitalizando el valor de los errores

1) Aprende de cada fallo. La verdad es que revisar los pasos que nos han llevado a fallar, no sólo no es agradable, sino que incluso puede resultar doloroso. Lo veo constantemente en muchas empresas. A la mayoría de las personas nos resulta mucho más interesante focalizarnos en lo que vamos a hacer que no en lo que ya hemos hecho y que ha acabado mal. Pero cada vez que algo no sale tal como lo hemos planeado, es una oportunidad para cambiar las hipótesis en las que nos habíamos basado y ajustarlas hacia el futuro. Es necesario que entendamos que un Plan no es más que una visión anticipada de lo que pensamos que puede pasar, pero no va a cumplirse exactamente de la forma planeada. La realidad de los hechos nos da la oportunidad de enfrentarnos a nuestras propias hipótesis, de aprender de lo que hemos experimentado de forma efectiva. Las lecciones aprendidas deberían ser especialmente relevantes en relación al mercado y los clientes, la estrategia de la organización, su cultura, procesos y equipo.

2) Comparte las lecciones. Pero si revisar lo que nos ha llevado a fallar puede ser doloroso, compartir las lecciones aprendidas exige haber construido primero el espacio de seguridad que lo haga posible. Los organigramas suelen impedir que la comunicación fluya entre departamentos, entre las personas que podrían mejorar su gestión gracias a lecciones aprendidas en otros lugares de la organización. Compartir las lecciones exige construir una cultura de aceptación del error. Sólo de este modo se aplana el camino para que otros se atrevan a llevar a la acción ideas arriesgadas, ideas que no han sido suficientemente validadas y de las que no tenemos certezas de que vayan a funcionar.

3) Revisa el patrón del error. Las empresas que pueden competir mejor en la complejidad son aquellas que construyen los procesos adecuados para que cada error pueda ser gestionado en lugar de ser penalizado. El reto es conseguir diseñar un proceso de toma de decisiones que tras un número suficientemente amplio de sucesivas validaciones sobre lo que no ha salido bien, sea una herramienta sólida para conseguir buenos resultados.

No se trata de considerar que podemos eliminar los errores. Se trata de construir procesos de toma de decisiones donde podamos medir lo que está funcionando y lo que no. Necesitar el error para aprender no lo hace menos doloroso. La buena noticia es que gestionar el error como parte de la experimentación permite obtener de él el máximo valor y convertirlo, en algún momento futuro, en la consolidación del éxito.

 

“Cualquiera que nunca haya cometido un error nunca ha intentado nada nuevo”. Albert Einstein

 

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