CHUS BLASCO / Enamorarse del problema

El secreto de la innovación

Cada año cierran 95.000 empresas en Catalunya. Lo explica Oriol Amat en un artículo que radiografía cuales son los rasgos que las identifican. Antes del cierre, estas empresas llevaban varios años con un nivel de deuda considerable, y varios años reduciendo ventas y/o con pérdidas. Podríamos decir es un fenómeno que ofrece señales fácilmente predictibles. Que sistemáticamente el 15% de las empresas de Catalunya cierre cada año, supone un desperdicio al que deberíamos dedicar cierta atención. Tras este porcentaje, hay equipos de personas que han dedicado esfuerzos y energía a un proyecto que no ha resultado sostenible. ¿Es posible reducir esta tasa de fracasos? ¿Cuántas se podrían haber salvado? ¿Cuántas podrían haber visto opciones que no vieron? ¿Quién puede influir en una empresa con dificultades para decirle que, sin un plan de acción contundente, la inercia la llevará al cierre? ¿Quién se involucra en el proceso? ¿A quién escucharía el empresario? ¿Estaría dispuesto a comprometerse a impulsar cambios?

Una de las barreras críticas en las empresas que pasan graves dificultades financieras es que el empresario debe separar las decisiones que tomaría como propietario, de las decisiones de management como CEO del negocio. El inversor (propietario) quiere un retorno de los riesgos de la inversión y si no lo ve, no quiere apostar más. El productor (CEO) se focaliza en el negocio y demasiadas veces confía en que ya mejorará. La complejidad actual exige gestionar el negocio de forma diferenciada de la gestión de la inversión. Cuando afloran dificultades financieras, hay que balancear las decisiones de gestión entre dos situaciones extremas: 1) se genera caja con la actividad, o 2) se generan necesidades financieras que deben cubrirse con deuda o con su propio dinero. Cuando no se genera caja y lo que está en juego es el propio patrimonio, suele haber miedo a apostar en la incerteza. Desde la aversión al riesgo, no hay innovación. Las empresas que no están innovando, no van bien. Las que lo hacen, y no miden los resultados de los recursos que dedican a innovación, tampoco.

 

Paradojas y desajustes

La innovación es el motor del progreso, la tecnología avanza a un ritmo exponencial, pero el crecimiento esperado en productividad no se acaba de producir. Henry Chesbrough lo denomina la paradoja exponencial. Chesbrourg, reconocido mundialmente como el padre de la innovación abierta, lo explica en una entrevista esta semana. Hablando de Barcelona, afirma que “tener dos excelentes escuelas de negocios no es suficiente. Se tiene que difundir el conocimiento sobre como destacar en los negocios a toda la sociedad y proporcionar así la capacitación y el desarrollo de habilidades para poner este conocimiento a trabajar”.

Estamos sufriendo un gran desajuste entre lo que tenemos (lo veamos o no), y lo que necesitamos. Tenemos mucha innovación tecnológica, coexistiendo con una gran fragilidad del tejido empresarial. Tenemos un tejido empresarial superviviente resiliente, sometido a una feroz presión competitiva global y a unas cargas regulatorias e impositivas inadecuadas para favorecer el progreso, un tejido agonizante de empresas y autónomos que sobreviven en la precariedad, y un pequeño ecosistema prometedor de startups tecnológicas. Lo que vemos es lo que sale a la luz en forma de grandes éxitos y los grandes fracasos. Lo que necesitamos es más innovación orientada a necesidades reales. El esfuerzo, la motivación y la persistencia no dan titulares. Involucrar en la transformación a las empresas que ya existen es clave.

 

Enamorarse del problema: innovar y medir

Para innovar reduciendo riesgos, una de las opciones es impulsar proyectos de valor que respondan a la solución de los problemas existentes que puedan plantearnos clientes reales. La innovación más efectiva es la que realizas de la mano de tus clientes. Enamorarte del problema de tu cliente es más efectivo para innovar que enamorarte de tu solución. Los clientes no quieren taladros, sino el cuadro colgado en la pared. Las necesidades humanas evolucionan, y lo que cambian son las estrategias para resolverlas.

Las empresas que tenemos una trayectoria sirviendo a clientes, tenemos un conocimiento sobre sus necesidades. Tenemos clientes reales que ya han depositado su confianza en que podemos resolver un problema concreto, ya hemos establecido una relación que está generando valor. Crear valor es más fácil cuando las personas entienden que el objetivo de su trabajo está orientado a resolver la necesidad que lo ha originado. Cuando nos enamoramos del problema que resolvemos, podemos poner en práctica que la tecnología y los datos nos ayuden a ampliar el valor ya creado. El conocimiento de los clientes junto con el potencial de los datos nos permite crear nuevos servicios para poder incluso anticiparnos a nuevas necesidades. Cuanto mejor midamos los datos que obtengamos de nuestros clientes, mejores servicios podemos ofrecerles. Se puede estar mal y mejor. Cada empresa es única. El secreto de la innovación es que el manual de “hacerlo bien” no existe.