CHUS BLASCO / Economía de la dignidad

La utopía (o no) de la renta básica universal

Leo a Franc Ponti en el artículo “Innovar per ser feliç”. Dice que se ha vinculado en exceso la innovación con los beneficios económicos, y que si reducimos el enfoque de la innovación exclusivamente a los resultados nos estamos equivocando. Me ha gustado la perspectiva. Ciertamente, cuando hablamos de la necesidad de innovación en el ámbito empresarial, lo vinculamos a la necesidad de aumentar la capacidad de competir en la economía global, que exige obtener resultados. Pero la economía no puede evolucionar aislada de la sociedad en la que se desarrolla, y seguro que podemos ponernos de acuerdo enseguida en que la felicidad es algo que todas las personas perseguimos. “Ser feliços a la feina no té a veure només amb els resultats econòmics – que també -. Té a veure amb el desig inalienable humà de fer coses apassionants, experimentar, gaudir, emocionar-se, ser solidari i un munt de coses més”.

 

El talento que innova

La innovación se circunscribe a las empresas, como agentes generadores de riqueza y ocupación. Son las empresas innovadoras las que ponen recursos a disposición de la innovación, aunque los recursos son la condición necesaria pero no suficiente. Lo que innova es el talento. Son las personas las que innovan, ya sea formando parte de una empresa, de una red o de una start-up. Para aumentar la innovación deberíamos preguntamos dónde están las personas más creativas para conseguir poner en valor su potencial. Lo creamos o no, la creatividad está ampliamente distribuida entre las personas. Sin embargo, varios estudios documentan el inmenso talento que se pierde por la desigualdad social y de género. Estudios exhaustivos sobre el perfil demográfico de millones de inventores en EEUU, concluyen que  “el principal talento requerido para ser un innovador de éxito es tener unos padres con dinero”, tal como explicaba el articulo Inventor, un oficios de ricos hace unas semanas. Incluso en sociedades con educación igualitaria como Finlandia, parece ser que la capacidad de los niños es un factor secundario de la probabilidad de convertirse en un inventor. A diferencia de la creatividad, lo que no está ampliamente distribuido son las oportunidades.

 

Renta digna universal

Desde la Revolución Industrial, el capitalismo ha evolucionado gracias a la distribución de la riqueza que han realizado los salarios. Claramente, esto ya no es así y estamos ante un nuevo reto, que es la redistribución de la riqueza. Debemos dejar de leer el crecimiento del PIB como el indicador por excelencia de una economía prospera. El problema que tenemos no es de producir sino de distribuir. No podemos pensar que la economía va bien si la desigualdad no deja de crecer. Por ello, cada vez más la renta básica universal aparece como tema de debate menos como utopía y más como una necesidad de encontrar una salida a la disminución de puestos de trabajo de la economía globalizada. “Renta digna universal” es el nombre con el que Xavier Ferràs la denomina en su artículo La economía de la felicidad. Coautor, del libro del mismo título, plantea que la humanitat pot optar cap a l’ abundància tecnològica, o per la desigualtat, l’atur, la misèria i el conflicte estès arreu”. Sostiene que un mundo mejor es posible porque la utopía puede hacerse realidad.

Uno de los temas que más me atrapó al leer “Utopía para realistas” de Rutger Bregman.  es que “hemos subestimado la capacidad del capitalismo para crear trabajos inútiles”. Me parece fascinante la idea de plantearnos la posibilidad de eliminar la inutilidad de trabajos que no aportan absolutamente nada a la sociedad. Bregman nos indica algunos ejemplos como la excesiva burocracia institucional y fiscalizadora, o buena parte del sector financiero, que, en lugar de crear valor, contribuye a destruirlo. Pero como es necesario trabajar para obtener ingresos para vivir, miles de personas se desplazan cada día a sus trabajos, porque no les queda otro remedio. No tienen opción. La renta básica permitiría decir no a trabajos basura que permitiría a muchas personas dedicar su vida a hacer aquello que pueda hacerles más felices. Pero no lo hacen por el miedo a arriesgarse a quedar en la miseria. Desde el miedo y la precariedad, no hay innovación.

 

Economía de la dignidad

Para poder enfocar la innovación de forma que permita que seamos más felices, tal vez la búsqueda de la felicidad en el trabajo se queda un poco corta en ambición. Confiamos en que sean las empresas las que creen el clima laboral adecuado para que las personas que allí trabajan puedan crecer profesionalmente y que se sientan reconocidas en aquello que hacen. Aunque soy optimista y veo una tendencia creciente y consistente, la verdad es que no hay muchas empresas así. Tal vez sí que haya otro modo de generar riqueza si el propósito es una sociedad del bienestar más sostenible. Tal vez si queremos perseguir la felicidad colectivamente, la verdadera innovación sería encontrar palanca que permita liberar el potencial creador de las personas. La renta básica universal, de momento suena a utopía. Tal vez en el camino de perseguir una economía de la felicidad, debamos perseguir primero una economía de la dignidad.

 

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