CHUS BLASCO / De la destrucción de valor a la búsqueda de la excelencia

Irresponsabilidades financieras

Esta semana, un amigo de la familia me llamó para consultarme la opinión sobre sus intenciones en una posible inversión. Se trataba de una Startup de creación reciente que está haciendo una campaña de captación de capital. Antes de saber más detalles de la empresa en la que quería invertir, le dije que lo primero que tenía que decidir es si estaba dispuesto a perder dicho importe de sus ahorros. Le dije que en caso de no estar dispuesto a perder el 100% de la inversión, que mejor que no lo hiciera. Adiviné por sus palabras la ilusión que le hacia la posibilidad de invertir en esta empresa. Pero la ilusión no es un gran predictor de la rentabilidad futura. En cualquier caso, es su decisión aceptar o no el riesgo, igual que las consecuencias también lo son. La responsabilidad sobre las propias finanzas representa asumir propias decisiones de inversión y de gasto sobre tus propios recursos. Ser responsable de tu economía supone actuar sabiendo que los recursos de los que dispones son escasos, y si los dedicas a una inversión de riesgo, has de estar dispuesto a asumir las consecuencias de una eventual pérdida.

 

El negocio del AVE

No es tan evidente la responsabilidad para los que deciden sobre el destino de las inversiones financiadas con fondos públicos. Claramente no sufren las consecuencias de sus malas decisiones. Hace pocos días leía el artículo “El AVE, una pésima inversión”, la opinión de Jordi Franch sobre la obra faraónica con la que el Estado español se ha convertido en el segundo país del mundo en trenes de alta velocidad. Franch explica que el problema del AVE no es su falta de rentabilidad. Pocas líneas mundiales son rentables. En una economía global, el rendimiento que se puede esperar de infraestructuras como las líneas ferroviarias es que ayuden a vertebrar territorios densamente poblados en superficies no demasiado grandes, para que contribuyan al crecimiento económico. Este no es el caso de España. En consecuencia, como las inversiones del AVE no pueden recuperarse por la vía del rendimiento de sus líneas, acaban siendo a cargo del contribuyente. La falta de evaluación previa de los riesgos podría considerarse una irresponsabilidad financiera. Pero es mucho más grave que eso. La responsabilidad sobre la no recuperabilidad de las inversiones públicas es más grave cuando se trata de decisiones puramente políticas de la Administración de las que los ciudadanos no se benefician de impacto económico alguno, pero en cambio pagan todas las consecuencias de la pésima inversión. Son decisiones que destruyen valor.

Cuando la Administración Pública decide invertir en una infraestructura que no contribuye al crecimiento económico, también está decidiendo sobre qué áreas deja de invertir. No es difícil encontrar ejemplos estos últimos años de recortes en sanidad, educación, investigación, y un largo etcétera. En las decisiones que se refieren al bien común, es más difícil seguir el impacto de las consecuencias de las decisiones erróneas. El paradigma de la destrucción de valor empieza por eludir la responsabilidad sobre el bienestar social. Especialmente en un Estado donde nos ha dado tantos ejemplos de que pueden vaciar las arcas con total impunidad y que no pase nada. Pero la economía avanza a medida que lo hace la evolución humana. No se detiene para comprobar si alguien se ha quedado atrás. Sencillamente sigue avanzando.

 

Buscar la excelencia

En el #trinxat del pasado mes de enero en Reus, Miquel Puig nos habló de los factores clave de la economía catalana y de cómo enfocar las posibles soluciones para mejorar el futuro del país. Nos explicó la importancia de que dejemos de basar la mayor parte de nuestra estructura productiva en salarios precarios. La clave, según Puig, está en decidir que queremos ser excelentes como país.

En un contexto de falta de inversiones en infraestructuras necesarias y exceso de inversiones ruinosas, aprecio todavía más las personas que asumen su responsabilidad sobre la generación de riqueza. Admiro las personas que tienen empresas, actúan con libertad sobre sus propios recursos, con responsabilidad sobre la economía de su círculo de influencia, y que además aspiran a ser excelentes en su actividad económica. Si queremos ser excelentes como país, necesitamos fijarnos más en quien genera riqueza y no en quien la destruye.

En una sociedad democrática y meritocrática en la cual las instituciones se ocuparan de generar oportunidades, las personas que producirían más riqueza serían las personas que hacen las cosas bien hechas. La excelencia no puede buscarse desde la precariedad de los salarios low cost y la mediocridad de los tratos de favor. Tal como nos contó Miquel Puig en el #trinxat, los grandes problemas de la sociedad se resuelven con consensos, compartiendo soluciones y distribuyendo sacrificios.

Debemos saber separar quién se dedica a generar valor de quién toma las decisiones de cómo se distribuye la riqueza generada. El valor económico sólo se va a generar si socialmente apoyamos la búsqueda de la excelencia en todos los ámbitos. La precariedad sólo genera más precariedad. Es importante tomar conciencia de ello. En cuanto a las decisiones de cómo distribuir la riqueza generada, tengo claro que no deberíamos delegarla en aquellos que han demostrado claramente su incompetencia en asumir sus responsabilidades sobre el bien común.

 

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