CHUS BLASCO / ¿Consumidores o trabajadores?

De la economía colaborativa o “aprovechada”

El diario L’Econòmic planteaba el debate sobre el llamado consumo colaborativo hace unos días a dos economistas, Ruben Suriñach y Toni Bosch, sobre este fenómeno incipiente que sin duda ha llegado para quedarse. Ambos coincidían en que estas plataformas son muy eficientes para generar negocio, pero tienen ineficiencias sociales. No es evidente cual es la solución, pero sí que parece que “debe existir algún marco regulador que ponga limite a las reglas del juego”.

AirBnB ha revolucionado el sector del turismo ofreciendo opciones de alojamiento a través de una plataforma tecnológica. Facilita una forma barata de hospedaje a turistas, poniéndoles en contacto con personas que les acomodan en su casa a cambio de obtener unos ingresos adicionales. Asimismo, aporta experiencias positivas a muchos de los huéspedes que lo practican, tal como podemos leer en “Així es ser un anfitrió”. Pero llamarle hospedaje colaborativo es un eufemismo. Estas personas, en su mayoría, han empezado a practicar el home sharing porque tienen dificultades económicas.

La plataforma Uber de transporte privado compartido, en cambio, no tiene actividad en la ciudad de Barcelona por limitaciones legales. Y es que, bajo la supuesta eficiencia de la vinculación entre conductores y pasajeros, la cara oculta, en relación a modelos de negocio como Uber, es que representan unas ventajas indiscutibles para los usuarios, pero que precarizan de forma sustancial a los conductores que prestan el servicio.

 

Privilegiado consumidor

Como consumidores, nos parece estupendo poder comprar artículos o acceder a servicios de todo tipo a precios de “chollo”. Hace unas semanas Xavier Marcet escribía un artículo en Sintetia donde explicaba diez de los binomios que le habían impactado en el Global Drucker Forum 2016 dedicado este año a la Sociedad Emprendedora. Uno de las cuestiones que Marcet destaca es la paradoja existente entre la visión del consumidor y la del trabajador. Sin duda, la economía colaborativa está cambiando la forma de entender el consumo, y es innegable que se ha consolidado como una tendencia que ha dejado en jaque a diversas industrias, poniendo por bandera que promueve un consumo razonable. La cuestión es lo que supone en términos de consolidación de la precarización. Dice Marcet: “Gente como Jeffrey Pfeffer, profesor de Stanford, ¡les niegan la condición de innovación y los califican como polución social!!! El debate no ha hecho más que empezar entorno a una sociedad que ve extender la precarización y en la que los gobiernos y los propios sindicatos parecen vivir en pantallas anteriores, claramente muy superadas.”

 

La estafa del Black Friday

Nicola Padovan escribía el fin de semana posterior al Black Friday un artículo fantástico titulado Treballar sense marge en relación al ritmo que marcan las grandes multinacionales y contra las que los pequeños comerciantes no pueden competir en la jungla de la globalización. Sencillamente, perdiendo dinero no se puede mantener un negocio. Apenas sin darnos cuenta, todo lo que hemos ganado como consumidores, lo hemos perdido en derechos como trabajadores, y es importante tomar conciencia de la relación tan directa que hay entre una cosa y otra. Una economía local más sostenible es deseable para mejorar la vida de las persones, pero como consumidores preferimos la solución sencilla y barata.

Leer el artículo de Padovan me recordó la primera vez que viajé a Londres, al acabar los estudios. Era el año 1989 y la Barcelona preolímpica no era la capital internacional que es hoy. Recuerdo cómo me impactó lo que me pareció un espectáculo comercial que era el centro de Londres, porque en aquel entonces, no existía en Barcelona ni un solo gran centro comercial (el de Illa Diagonal se inauguró en 1993), y todavía no habían aterrizado las grandes cadenas multinacionales. En cambio, existían en Barcelona diversos barrios con gran tradición comercial. Después de casi tres décadas, muchos de estos comercios han luchado por su supervivencia, y en buena parte han desaparecido. La globalización ha logrado que las zonas comerciales urbanas, sean demasiado iguales de unas ciudades a otras. Todo ha cambiado, y con los cambios, algunas cosas se han perdido por el camino.

¿Quién crea valor?

Uno de los cuatro retos que es necesario afrontar para reinventar el capitalismo, es precisamente el desigual poder entre unas pocas empresas y demasiado poco para el resto. “El capitalismo se sostiene en una fuerte competencia que empuja a personas y corporaciones a crear cada vez mayor valor”. Crear más valor representa producir más productos y servicios que tengan mejores prestaciones y que sean más baratos para el usuario. Como usuarios, como consumidores, estamos ciertamente encantados de acceder a grandes centros comerciales, de alojarnos en cualquier parte del mundo, de poder viajar de forma económica, o de acceder a mayor movilidad por menor precio a través de los servicios que ponen a nuestra disposición las plataformas tecnológicas. Pero este valor creado no se está repartiendo entre los que prestan el servicio, sino que, disfrazado de modernidad, el sistema está condenando a muchas personas a que su sostenibilidad económica sea extremadamente frágil.

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