CHUS BLASCO / Consecuencias no deseadas

El dilema de las redes sociales

Este mes de septiembre Netflix ha estrenado “El dilema de las redes sociales”. Es un documental dramatizado que analiza la influencia de las grandes empresas tecnológicas. Lo mejor son las entrevistas con expertos que nos avisan de los peligros de las herramientas que ellos mismos han creado. Tristan Harris, ex-diseñador de Google: “Nunca en la historia, 50 diseñadores, todos hombres blancos de 20 a 35 años, en California, habían tomado decisiones que afectarían a 2000 millones de personas”.

Los datos que estamos generando en las redes son nuevos (poco más de una década) y tienen un valor. No es evidente darnos cuenta de que cuando no estamos pagando por algo, es porque nosotros somos el producto que se vende. El producto es nuestra atención. Jaron Lanier, uno de los expertos que aparece en el documental, va un poco más allá. Dice que el producto es “el gradual, leve e imperceptible cambio en tu propio comportamiento …” Es el único producto posible que estas plataformas pueden convertir en dinero. La forma en que impulsan su crecimiento “acaba cambiando lo que haces, lo que piensas, hasta que acaba cambiando la construcción de quién eres”. Las consecuencias son profundas e inquietantes.

 

El lado oscuro

La socióloga Shoshana Zuboff, denuncia la deriva del sistema económico y señala a Google y Facebook como responsables. Declara que este es un mercado que antes no existía, que comercia con el futuro de las personas humanas a gran escala: “es lo que todas las empresas habrían soñado. Tener una garantía de que, si pone un anuncio, tendrá éxito. Venden certezas. Para poder asegurar resultados a los anunciantes, tienen que hacer buenas predicciones”. Y para hacerlas, necesitan millones de datos. Zuboff es autora de “La era del capitalismo de la vigilancia”, en el que denuncia el uso de la experiencia humana privada como materia prima para su traducción en datos.

Hemos ido cediendo partes de nuestras vidas porque nos ha compensado lo que hemos ido recibiendo a cambio: información gratis a golpe de clic, conexión instantánea con amigos y familiares en la distancia… Los servicios gratuitos se monetizan básicamente con cesiones de información. Así que las redes sociales manipulan lo que vemos para conseguir lo que quieren, que son datos. Aprovechan las debilidades humanas y se recrean en ellas, creando un círculo vicioso de crispación. El odio es mucho más viral que las emociones positivas. El lado oscuro es la falta de conciencia de hasta qué punto nos condiciona la forma en la que pensamos y actuamos. El modelo se basa en mantener a las personas literalmente enganchadas, y su algoritmo se perfecciona para hacerlo mejor compitiendo por nuestra atención. Cuanto más tiempo estamos en las redes, el algoritmo procesa más datos sobre nuestros intereses y nuestros comportamientos, más domina la predictibilidad de sus anuncios y más dinero ganan.  Sólo vemos aquello que el algoritmo decide que veamos. Sin tener conciencia de ello.

 

Nada cambia hasta que alguien siente algo

Después de ver el documental, ya no puedes obviar que la crispación y la polarización política están directamente relacionadas con la pérdida del discernimiento entre lo que estamos eligiendo y la parte de manipulación que recibimos de las redes. Son consecuencias no deseadas de la promesa de democratización que iba a traer consigo Internet.

Lo que está pasando surge de un modelo de negocio viciado. Otra de las consecuencias es la escandalosa concentración de dinero y poder en las empresas propietarias de las redes digitales. Pero el problema no es que quieran ganar dinero. El problema es que tengan mucho más poder que los propios Estados y que no tengan competencia ni exista prácticamente regulación que proteja a los ciudadanos. Jason Lanier apunta una solución: “Los estímulos financieros son la base del mundo, así que cualquier solución tiene que realinearlos”.

¿Hay opciones? La toma de conciencia de las personas que diseñaron el problema es el primer paso para que podamos cambiarlo y realinearlo con humanidad. Tristan Harris empieza una revolución desde dentro de una de las grandes tecnológicas. Lo hace porque siente que él mismo se ha convertido en un adicto al correo electrónico y descubre, con horror, que nadie en Google está trabajando para intentar evitar la adicción que ellos mismos están provocando. Es una persona humana que identifica un riesgo que ningún algoritmo puede detectar si no ha sido previamente programado para ello.

Las decisiones que tomamos de forma automática surgen de emociones que no controlamos, como nos pasa en las redes sociales. Por el contrario, las decisiones que tomamos cuando tenemos conciencia de las consecuencias no deseadas del sistema que hemos creado colectivamente, pueden impulsar de forma efectiva las acciones necesarias para construir un mundo mejor. Cada vez tenemos mayor responsabilidad, y necesitamos liderazgos mejor distribuidos.

 

“Ser crítico es el último acto de optimismo” Jaron Lanier